
—Me siento muerto —dijo—. Y no conozco nada.
—Eso no es verdad —replicó ella, dando los primeros pasos hacia él desde que entrara en
la celda. Él se encogió como si pensara que ella iba a pegarle.
—Me conoces a mí —le dijo—. Me sientes a mí.
Le cogió el brazo y lo acercó a ella. Él no tuvo tiempo de cerrar el puño y ella se puso la
palma en su estómago.
—¿Crees que me disgustas, Boone? ¿Crees que me horrorizas? No es así.
Ella se llevó la mano a sus pechos.
—Todavía te quiero, Boone. Midian te quiere también, pero yo te quiero más. Te quiero frío,
si así es como eres. Te quiero muerto, si así es como eres. Y yo vendré a ti si tú no vienes a
mí. Dejaré que me disparen.
—No —dijo él.
Ahora ella ya no le apretaba la mano y él podía haberse soltado. Pero decidió mantener su
contacto, con sólo la liviana tela de su blusa entre la mano y el pecho. Ella deseó disolver la
tela y tener su mano contra su piel, entre sus pechos.
—Van a venir a buscarnos tarde o temprano —dijo ella.
No era ninguna mentira. Se oían voces afuera. Un griterío como de linchamiento. Quizá los
monstruos fueran para siempre. Pero también sus perseguidores.
—Nos destruirán, Boone. A ti lo que eres y a mí por quererte. Y nunca más podré abrazarte.
Yo no quiero eso, Boone. No quiero que seamos polvo en el mismo viento, quiero que seamos
de carne.
Su lengua había desnudado su intención. Ella no pensaba decirlo tan claro, pero ya estada
dicho y era verdad. No se avergonzaba de ello.
—No dejaré que me niegues, Boone —le dijo. Las palabras eran su motor. Llevaron su
mano al frío cráneo de Boone.
Ella le arrancó un puñado de su espeso cabello. 
Él no se resistió. En lugar de ello, su mano se pegó más a la blusa mientras se arrodillaba
apretando su rostro contra la entrepierna de ella, lamiéndola como queriendo limpiar la ropa,
entrar en ella con la lengua y el espíritu.
Ella estaba húmeda bajo la tela. Boone olió su ardor hacia él. Sabía que ella no le había
mentido. Besó su cono, o la tela que lo ocultaba, una y otra vez.
—Perdónate a ti mismo, Boone —le dijo ella.
Él asintió.
Ella le tiró más del pelo y le alejó de la dicha de su aroma.
—Dilo —le dijo—. Di que te perdonas.
Él la miró desde su placer y antes de que hablase, ella pudo ver que el peso de su
vergüenza había desaparecido de su rostro. Tras su súbita sonrisa ella encontró los ojos del
monstruo, oscuros y oscureciéndose más mientras él la sondeaba.
La mirada le hizo daño.
—Por favor —murmuró ella— ... Ámame.
Él subió hacia su blusa. Su mano seguía en su hendidura con un suave movimiento y tras
su sostén buscando su pecho. Aquello era una locura. La muchedumbre estaría allí a por ellos
si no se daban prisa. Pero su locura la había arrastrado a ella a su círculo de polvo y moscas
ya una vez. No era pues extraño que su viaje la hubiera llevado a aquella nueva locura. Mejor
era aquello que su vida sin él. Mejor aquello que cualquier cosa.
Él se estaba alzando y sacándose el pene de su escondite, poniendo su fría boca en el
caliente pezón de ella, lamiéndolo, mordiéndolo, en un juego perfecto de lengua y dientes. La
muerte le había convertido en un amante.

Él no se resistió. En lugar de ello, su mano se pegó más a la blusa mientras se arrodillaba
apretando su rostro contra la entrepierna de ella, lamiéndola como queriendo limpiar la ropa,
entrar en ella con la lengua y el espíritu.
Ella estaba húmeda bajo la tela. Boone olió su ardor hacia él. Sabía que ella no le había
mentido. Besó su cono, o la tela que lo ocultaba, una y otra vez.
—Perdónate a ti mismo, Boone —le dijo ella.
Él asintió.
Ella le tiró más del pelo y le alejó de la dicha de su aroma.
—Dilo —le dijo—. Di que te perdonas.
Él la miró desde su placer y antes de que hablase, ella pudo ver que el peso de su
vergüenza había desaparecido de su rostro. Tras su súbita sonrisa ella encontró los ojos del
monstruo, oscuros y oscureciéndose más mientras él la sondeaba.
La mirada le hizo daño.
—Por favor —murmuró ella— ... Ámame.
Él subió hacia su blusa. Su mano seguía en su hendidura con un suave movimiento y tras
su sostén buscando su pecho. Aquello era una locura. La muchedumbre estaría allí a por ellos
si no se daban prisa. Pero su locura la había arrastrado a ella a su círculo de polvo y moscas
ya una vez. No era pues extraño que su viaje la hubiera llevado a aquella nueva locura. Mejor
era aquello que su vida sin él. Mejor aquello que cualquier cosa.
Él se estaba alzando y sacándose el pene de su escondite, poniendo su fría boca en el
caliente pezón de ella, lamiéndolo, mordiéndolo, en un juego perfecto de lengua y dientes. La
muerte le había convertido en un amante.
Boone se estaba bajando la cremallera. Ella le cogió el pene con la mano. Ahora le tocaba a
él suspirar, mientras los dedos de ella le recorrían el miembro erecto desde los huevos hasta
donde el anillo de la cicatriz de su circuncisión mostraba un pedacito de carne tierna. Ella se
pegó a él allí, con pequeños movimientos que seguían el ritmo de su lengua arriba y abajo
entre sus labios. Luego, en el mismo impulso repentino, llegó el momento de follar. Él le levantó
la falda, le desabrochó la ropa interior y sus dedos llegaban a lugares que sólo los dedos de
ella habían visitado durante mucho tiempo. Ella le apoyó contra la pared y le bajó los vaqueros
hasta medio muslo. Luego, con una mano agarrada a su espalda y la otra disfrutando de la
seda de su pene antes de que desapareciera de la vista, ella le metió dentro. El resistió su
velocidad, en una guerra deliciosa que hizo gritar a Lori en pocos segundos. Nunca había
estado tan abierta y nunca lo había necesitado tanto. Él la llenó para inundarla.
Y así ocurrió. Tras las promesas llegó la prueba. Asegurando los hombros contra la pared,
él se curvó para acometerla, de modo que el peso de ella recayera sobre él. Ella le lamió la
cara. Él sonrió. Ella le escupió. Él se rió y le escupió a su vez.
—Sí —decía ella—. Sí. Sigue. Sí.
Ella sólo podía pronunciar afirmativos. Sí a su saliva, sí a su pene, sí a su vida en la muerte,
y al placer en la vida y en la muerte para siempre.
La respuesta de él fue a través de sus amorosas caderas, un trabajo sin palabras, de
dientes apretados y cejas surcadas. La expresión de su rostro provocó el espasmo de ella.
Verle cerrar los ojos a su placer, saber que la visión de su placer le llegaba demasiado a él
como para poder contenerse. Tenían tanto poder uno sobre el otro... Ella demandaba su
movimiento moviéndose, con una mano agarrada a los ladrillos que había junto a la cabeza de
él para alzarse sobre el pene y luego volverlo a empujar hacia dentro por sí misma. No existía
una herida tan agradable. Ella deseaba que no se detuviese nunca.
Pero había una voz en la puerta, Ella la oía a través de su gimiente cabeza.
—De prisa.
Era Narcisse.
—De prisa. —Boone también le oyó y de fondo, el alboroto de los linchadores congregados.
Él se adaptó a su ritmo para ir al encuentro de su declive.
—Abre los ojos —le dijo ella.
Él obedeció, sonriendo a su orden. Era demasiado para él encontrarse con sus ojos.
Demasiado para ella encontrar los de él. Sellado su pacto, se fueron hasta que el cono de ella
humedeció la cabeza de su polla, tan mojada que podía resbalar y salirse, y luego se cerraron
uno sobre el otro para la unión final.
El goce la hizo gritar, pero él ahogó el chillido con su lengua, sellando aquella erupción
dentro de sus bocas. No tan abajo. Después de tantos meses de abstinencia, su eyaculación
se derramó y corrió por las piernas de ella, con un curso más frío que su entrepierna o los
besos.
él suspirar, mientras los dedos de ella le recorrían el miembro erecto desde los huevos hasta
donde el anillo de la cicatriz de su circuncisión mostraba un pedacito de carne tierna. Ella se
pegó a él allí, con pequeños movimientos que seguían el ritmo de su lengua arriba y abajo
entre sus labios. Luego, en el mismo impulso repentino, llegó el momento de follar. Él le levantó
la falda, le desabrochó la ropa interior y sus dedos llegaban a lugares que sólo los dedos de
ella habían visitado durante mucho tiempo. Ella le apoyó contra la pared y le bajó los vaqueros
hasta medio muslo. Luego, con una mano agarrada a su espalda y la otra disfrutando de la
seda de su pene antes de que desapareciera de la vista, ella le metió dentro. El resistió su
velocidad, en una guerra deliciosa que hizo gritar a Lori en pocos segundos. Nunca había
estado tan abierta y nunca lo había necesitado tanto. Él la llenó para inundarla.
Y así ocurrió. Tras las promesas llegó la prueba. Asegurando los hombros contra la pared,
él se curvó para acometerla, de modo que el peso de ella recayera sobre él. Ella le lamió la
cara. Él sonrió. Ella le escupió. Él se rió y le escupió a su vez.
—Sí —decía ella—. Sí. Sigue. Sí.
Ella sólo podía pronunciar afirmativos. Sí a su saliva, sí a su pene, sí a su vida en la muerte,
y al placer en la vida y en la muerte para siempre.
La respuesta de él fue a través de sus amorosas caderas, un trabajo sin palabras, de
dientes apretados y cejas surcadas. La expresión de su rostro provocó el espasmo de ella.
Verle cerrar los ojos a su placer, saber que la visión de su placer le llegaba demasiado a él
como para poder contenerse. Tenían tanto poder uno sobre el otro... Ella demandaba su
movimiento moviéndose, con una mano agarrada a los ladrillos que había junto a la cabeza de
él para alzarse sobre el pene y luego volverlo a empujar hacia dentro por sí misma. No existía
una herida tan agradable. Ella deseaba que no se detuviese nunca.
Pero había una voz en la puerta, Ella la oía a través de su gimiente cabeza.
—De prisa.
Era Narcisse.
—De prisa. —Boone también le oyó y de fondo, el alboroto de los linchadores congregados.
Él se adaptó a su ritmo para ir al encuentro de su declive.
—Abre los ojos —le dijo ella.
Él obedeció, sonriendo a su orden. Era demasiado para él encontrarse con sus ojos.
Demasiado para ella encontrar los de él. Sellado su pacto, se fueron hasta que el cono de ella
humedeció la cabeza de su polla, tan mojada que podía resbalar y salirse, y luego se cerraron
uno sobre el otro para la unión final.
El goce la hizo gritar, pero él ahogó el chillido con su lengua, sellando aquella erupción
dentro de sus bocas. No tan abajo. Después de tantos meses de abstinencia, su eyaculación
se derramó y corrió por las piernas de ella, con un curso más frío que su entrepierna o los
besos.
Se rompió en fragmentos y se
convirtió en algo nuevo: parte de la bestia heredada de Peloquin, parte de cuerpo de guerrero,
como Lylesburg, y parte de Boone el loco, contento de sus visiones al fin. Y ¡oh! el placer de
ello, de sentir esa posibilidad liberada y perdonada, el placer de asustar a aquel rebaño
humano y de verlo romperse ante él.
convirtió en algo nuevo: parte de la bestia heredada de Peloquin, parte de cuerpo de guerrero,
como Lylesburg, y parte de Boone el loco, contento de sus visiones al fin. Y ¡oh! el placer de
ello, de sentir esa posibilidad liberada y perdonada, el placer de asustar a aquel rebaño
humano y de verlo romperse ante él.
Boone iba tras ella, y el goce de su sombra —que arrastraba como si fuera
humo— era más que suficiente para acabar con cualquier miedo que le quedara sobre su carne
transformada. En cambio, se sorprendió imaginando que le gustaría follar con él dotado de
aquella nueva forma, desparramarse por su sombra hacia el corazón de la bestia.
humo— era más que suficiente para acabar con cualquier miedo que le quedara sobre su carne
transformada. En cambio, se sorprendió imaginando que le gustaría follar con él dotado de
aquella nueva forma, desparramarse por su sombra hacia el corazón de la bestia.
♫♀♪fragmento de Caval de Clive Barker♫♀♪
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